jueves 10 de marzo de 2011

La frontera maldita

La campana del reloj suena doce veces. Ya habían pasado varias horas desde que la tormenta amenazaba con fuerza a todo aquel que se atrevía a abandonar la seguridad de un techo. Las antiguas calles de la Gran Cruz estaban totalemente abandonadas, mientras que el único sonido era el de las fuertes gotas que colapsaban en la antigua acera de piedra. Un trueno golpea al planeta y se oye un ruído aterrador, y los relámpagos son la única fuente de luz exterior, iluminando por una décima de segundo al cielo lleno de odio y desprecio por todo habitante del pueblo.

Don Erasmo, observando desde la seguridad de su sala a su calle, la cual había estado llena de mercaderes hace tan sólo unas pocas horas, desértica a excepción de un hombre que acaba de doblar en la esquina, encapuchado casi hasta la nariz para protegerse del frío y del agua celestial. Don Erasmo lo reconoció inmediatamente ya que, aunque no vivía en el pueblo, generalmente solía pasar una vez al mes, rara vez dos, muy pocas veces tres, siempre con la misma expresión, la misma aura de confianza y seguridad que trasmitía. Volteó y al ver al anciano caballero y con el reflejo de un relámpago pareció que el joven caminante le hacía un jesto de saludo y una sonrisa.

El anciano se quedó intrigado acerca del joven transeúnte, ya que cada vez que visitaba el pueblo siempre pasaba por las mismas calles, a la misma hora, aunque en diferentes fechas. Cada vez igual, se dirigía hacia la frontera del reino, hacia el norte, a unas tierras hermosas pero que estaban malditas.

Nadie sabía el motivo de los viajes, ni cómo regresaba y volvía a ir hacia el reino oscuro, como si nada hubiese sucedido. La gente pensaba que iba a pelear contra la malvada dueña de ese lejano país, quien lo esperaba en esas tierras maldecidas como la entrada al infierno, la reina despiadada, sádica y perversa. Lo esperaba para seducirlo con su cuerpo maldito, con la gran maldición que era su piel, suave y dulce. Y él, olvidándose de su destino y de su gente, se dejaba seducir, ella lo poseía y el se dejaba poseer. Ella deseaba que la desprenda de sus ropas reales y que pase sus labios por todos sus muslos, firmes y perfectos. El sólo deseaba oír los hermosos sonidos agitados de la Reina de Espadas a lo largo de la noche, hasta el amanecer e impregnarse con su olor. La gente la odiaba, pero ellos se deseaban, se amaban.

Al día siguiente volvía el joven pasajero caminando bajo un cielo despejado y prometedor. Volviendo de una batalla en la que se había dejado derrotar solo para seguir con una guerra sin fin, en la que sólo el Rey podía participar.